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Chapter 1

Parte 1

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El capitán Andrés Robles regresó de una misión en la sierra y encontró a su esposa diciendo en plena banqueta que su madre se estaba volviendo loca, justo mientras la anciana golpeaba desesperada una puerta cerrada con llave desde el segundo piso.

—¡Andrés! ¡Hijo, no me dejes aquí!

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La voz de doña Teresa le atravesó el pecho antes de que pudiera soltar la mochila militar. Venía cansado, con polvo todavía metido en las botas, imaginando café de olla, tortillas recién hechas y a Renata esperándolo con los ojos llorosos. Pero Renata estaba en la entrada de la casa de Zapopan, impecable con un vestido beige y el cabello suelto, hablándole bajito a doña Lucha, la vecina de enfrente, como si estuviera compartiendo una desgracia familiar que la hacía parecer santa.

—Pobrecita, ya no está bien —decía Renata—. Se golpea sola, se altera, inventa cosas. Estamos viendo internarla donde la cuiden profesionales.

Andrés levantó la mirada hacia la ventana del cuarto de su madre. La cortina se movió apenas. Después vino otro golpe contra la puerta.

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Renata corrió a abrazarlo.

—Mi amor, por fin. No sabes lo difícil que ha sido todo esto.

Él no respondió de inmediato. Sintió cómo ella se tensaba cuando preguntó:

—¿Por qué está cerrada la recámara de mi mamá?

Renata sonrió, pero los ojos no le acompañaron.

—Por su seguridad. Ayer quiso salirse a la calle en camisón. Casi la atropellan.

Andrés había aprendido en el Ejército que el primer impulso casi siempre te mata. Así que respiró hondo, besó la frente de Renata y miró a la vecina con una calma que le quemaba por dentro.

—Gracias por estar al pendiente, doña Lucha.

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Esperó. Dejó que Renata ofreciera agua de jamaica, que explicara citas médicas, que llorara sin lágrimas y que los vecinos se retiraran moviendo la cabeza con lástima. Solo cuando la casa quedó en silencio, subió.

La llave estaba dentro del alhajero de Renata, escondida bajo una pulsera de oro que Andrés le había regalado antes de partir. Abrió la puerta y el olor a encierro le pegó en la cara. La habitación estaba oscura, sin lámpara, con el colchón desnudo, una cobija delgada y un vaso de plástico con agua tibia. Doña Teresa estaba sentada junto a la pared, con el pelo blanco despeinado, la blusa arrugada y moretones marcados alrededor de las muñecas.

Lo miró con una lucidez feroz.

—No estoy demente.

Andrés se arrodilló frente a ella.

—Lo sé, mamá.

Ella quiso hablar, pero se escucharon pasos en el pasillo. Su rostro cambió. No era confusión. Era miedo entrenado por días.

—Todavía no —susurró—. Ella revisa todo. Mi celular, tus cosas, las cámaras.

Andrés sintió náusea cuando volvió a cerrar la puerta. Se odiaba por hacerlo, pero doña Teresa fue quien apretó su mano antes de que saliera.

En la cena, Renata sirvió vino como si celebraran su regreso. Habló de “episodios”, de “agresividad”, de “pérdida de memoria”. Dijo que el doctor de la familia ya recomendaba una valoración psiquiátrica. También sacó una carpeta con documentos para que Andrés autorizara trámites “por el bien de todos”.

—Tu mamá ya no puede decidir —dijo—. Necesitamos actuar antes de que se haga daño.

Andrés bajó la mirada a los papeles.

—Has cargado con mucho.

Renata soltó el aire, aliviada. Creía que el uniforme lo hacía obediente. Se le había olvidado que antes de entrar al Ejército, Andrés había trabajado 4 años investigando fraudes patrimoniales para la Fiscalía.

Esa noche revisó el sistema de seguridad. Las cámaras visibles tenían 3 meses borrados, pero la cuenta en la nube conservaba los registros de acceso. Todas las eliminaciones venían de la laptop de Renata. Luego encontró estados de cuenta de su madre reenviados al correo de ella, un cambio de domicilio bancario y una solicitud de transferencia por 950000 pesos que doña Teresa jamás habría firmado.

A las 12, Andrés pegó una grabadora debajo de la mesa del comedor. Después cambió contraseñas, activó alertas bancarias, descargó respaldos y mandó un correo a su superior solicitando licencia familiar urgente.

Cuando todos dormían, volvió al cuarto de doña Teresa. Abrió apenas la puerta.

—Mañana vas a actuar confundida.

Su madre miró los moretones de sus muñecas. Luego miró a su hijo.

—¿Qué tan confundida?

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Andrés no sonrió. Ella sí.

Y esa sonrisa, fría y serena, fue la primera señal de que Renata todavía no sabía contra quién se había metido.

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