CAPÍTULO 4: El Nacimiento de un Imperio

Seis meses después de aquella mañana de domingo en que la casa de San Pedro quedó desierta, el sol de la mañana iluminaba la suite del Hospital Zambrano Hellion. El aire olía a eucalipto y a flores frescas. En mis brazos, envuelto en una manta azul tejida a mano, descansaba Santiago.
Tenía los ojos oscuros de mi madre y una respiración serena que me llenaba el pecho de una paz que jamás pensé volver a sentir.
—Es perfecto, Valeria —susurró mi madre, Elena, acercándose a la cuna transparente con una sonrisa que suavizaba cada una de sus líneas de expresión—. Y lo más importante: está completamente fuera del alcance de esa familia de parásitos.
Durante mi tercer trimestre de embarazo, el equipo legal de Grupo Villalobos había trabajado sin descanso. La sentencia de divorcio necesario había salido a mi favor con una rapidez aplastante, retirándole a Diego cualquier derecho de patria potestad o régimen de visitas debido a los antecedentes de violencia intrafamiliar y el riesgo médico acreditado. Santiago llevaba legalmente solo mis apellidos: Villalobos.
Mientras yo me recuperaba en el departamento de Valle Oriente, la vida de Diego se había convertido en un infierno burocrático y financiero. Sin empleo, con sus cuentas congeladas por la orden de pensión alimenticia y con los prestamistas reclamando el pago de los pagarés que mi madre había comprado, tuvo que mudarse a un pequeño departamento de interés social en la periferia de Escobedo junto a Fernanda.
—El licenciado Gutiérrez me informó esta mañana que Doña Carmen recibió su dictamen —comentó mi madre, acomodándome las almohadas en la espalda—. El juez le dictó una pena de cuatro años de prisión por lesiones calificadas e intento de agresión. Como no pudieron pagar la fianza inicial ni conseguir un abogado privado que aceptara el caso sin honorarios por adelantado, cumplirá su condena en el penal femenil.
Apreté a mi bebé contra mi pecho. No sentí alegría ni rencor; solo una certeza helada. Doña Carmen, la mujer que se jactaba de su linaje y que me obligaba a limpiar sus pisos para demostrar su superioridad, ahora vestía el uniforme gris del penal y comía en charolas de plástico.
—¿Y Diego? —pregunté suavemente, mirando por la ventana hacia los rascacielos de la ciudad.
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—Diego está trabajando como chofer de aplicación en un auto alquilado a nombre de un tercero —respondió mi madre con desdén—. Paga el setenta por ciento de lo que gana para cubrir las deudas de su madre y la renta del departamento de su hermana. Fernanda tuvo que entrar a trabajar como cajera en un supermercado. Ya no hay bolsas de marca ni viajes a Cancún.
Sonreí en silencio, contemplando el rostro dormido de mi hijo. Había aprendido que la mejor venganza no era la violencia, sino dejar que las personas cobardes cosecharan exactamente lo que habían sembrado.