Capítulo 5: El Peso de las Pruebas

El oficial del Ministerio Público le dio un clic al ratón de la computadora y pausó la imagen. El monitor parpadeaba, reflejando una luz azulada sobre nuestras caras en esa fría oficina del hospital.
“Mire con atención aquí, señor Javier”, me dijo el oficial, señalando la pantalla con la punta de un bolígrafo. “Esto es de la cámara del pasillo central de urgencias, exactamente a las 3:32 a.m., unos minutos antes de que usted subiera con su esposa al piso de maternidad”.
En el video, de baja resolución pero lo suficientemente nítido, se veía la entrada de ambulancias. Mi camioneta aún no llegaba. De pronto, un taxi de la Ciudad de México se estacionó y de él bajó mi madre. Pero no venía sola.
Del asiento del copiloto bajó un hombre de traje gris, cargando un maletín. Lo reconocí de inmediato: era el licenciado Licón, el abogado de cabecera de la familia, un hombre conocido por sus conexiones en los juzgados y su total falta de escrúpulos.
En la grabación se veía perfectamente cómo mi madre y el abogado se paraban cerca de las bancas de la entrada. Mi madre gesticulaba con las manos, apuntando hacia el elevador, mientras el abogado asentía y sacaba unos papeles de su maletín. Estaban esperando mi llegada. No había sido una coincidencia. Ella sabía perfectamente que Elena entraría en labor de parto esa noche porque una de mis tías, a quien yo le había mandado un mensaje ingenuo avisando que íbamos al hospital, le había dado el pitazo.
“Ellos planearon la provocación”, explicó el oficial criminalista, mirándome con seriedad. “Tenemos el audio de una cámara de seguridad cercana al mostrador de informes. Se escucha al abogado decirle a su madre: ‘Usted entre, haga que le prohíban el paso frente a los médicos y luego armamos la demanda por discriminación y alienación familiar para quitarles la custodia del niño en cuanto nazca’. Su madre no iba a visitarlos, señor. Iba a armar un caso legal para quitarle a su hijo”.
Sentí un escalofrío horrible recorrerme la espina dorsal. El nivel de maldad y premeditación de mi propia madre superaba cualquier límite que yo hubiera imaginado. Ella no reaccionó por impulso dentro de la habitación; ya venía con la intención de destruirnos. Lo único que se le salió de las manos fue su propia furia cuando vio que Elena no se doblegaba ante ella, lo que la llevó a lanzar esa maleta.
“Esto cambia todo”, dije, con la voz ronca, apretando los puños. “Esto ya no es solo violencia familiar. Esto es un ataque planeado”.
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“Exactamente”, asintió el oficial. “Con este video y el testimonio de la enfermera Leticia, el abogado Licón también será investigado como coautor intelectual. Su madre no va a alcanzar fianza, señor Javier. La fiscalía va a pedir la vinculación a proceso con prisión preventiva oficiosa por tentativa de homicidio calificado y lesiones graves con premeditación”.
Firmé la ratificación de la denuncia con una mano firme. Al plasmar mi rúbrica en ese papel, sentí que estaba firmando el acta de defunción de mi antigua vida, y no sentí ni una pizca de remordimiento.