Chapter 4

Parte 4
Esa noche en la Roma, el aire fresco de la ciudad olía a lluvia reciente y a tierra mojada. Renata saboreaba su vino blanco en silencio, disfrutando de una paz que no recordaba haber sentido jamás. El murmullo de las conversaciones a su alrededor era ligero, sin cuchicheos venenosos ni miradas juzgadoras. Sin embargo, cuando estaba por pedir la cuenta, su teléfono vibró sobre la mesa.
Era un número desconocido. Dudó un segundo antes de contestar, pero el hábito de la contadora precavida se impuso.
—¿Bueno?
—Renata... por favor, no cuelgues.
Era la voz de Alonso, pero sonaba irreconocible: quebrada, ronca, desgastada por meses de interrogatorios y la humillación pública.
—No deberías estar llamándome, Alonso. Mi abogada fue muy clara sobre la orden de restricción —dijo Renata con una serenidad que a ella misma la sorprendió.
—Solo... solo necesito que me escuches un minuto —suplicó él. Se escuchaba el ruido del tráfico de fondo, como si estuviera llamando desde una caseta o un teléfono público en la calle—. Mi mamá... le dieron prisión preventiva hoy. No pudo pagar la fianza porque las cuentas siguen bloqueadas. Los tíos vendieron las acciones y nos dejaron solos, Renata. Nadie nos responde las llamadas. Todos esos "amigos" de Las Lomas de los que tanto se presumía... se esfumaron.
Renata miró el fondo de su copa de vino. No sintió alegría, pero tampoco un ápice de lástima. Sentía la helada objetividad de quien observa los escombros de un edificio que siempre estuvo mal construido.
—¿Y qué quieres que haga yo, Alonso? ¿Que les mande flores?
—Tú sabes cómo manejar esto —dijo él, desesperado—. Tú conoces la contabilidad de la empresa mejor que nadie. Si declaras que todo fue un error de interpretación, que hubo un malentendido con las firmas... podemos llegar a un acuerdo. Yo puedo vender el auto, puedo buscar un trabajo... podemos empezar de nuevo, lejos de mi mamá, lejos de todo esto. Te lo juro por mi vida, Renata, yo me dejé llevar por ella, pero a ti siempre te amé.
Renata dejó escapar una risa corta, no de burla, sino de absoluta incredulidad.
—No, Alonso. Tú no me amabas. Tú amabas la comodidad de tener a alguien que aguantara los golpes mientras tu mamá los daba, y la tranquilidad de saber que tenías a quien culpar si todo salía mal. Te convertiste en un títere porque era más fácil obedecer que ser un hombre.
—¡Me van a meter a la cárcel, Renata! —gritó él, perdiendo el control por un segundo antes de que la voz se le quebrara en un sollozo—. ¿Vas a dejar que me pudra ahí?
—Tú firmaste cada documento, Alonso. Nadie te puso una pistola en la cabeza para robarme ni para usar mi nombre. Cada decisión tiene un costo, y por primera vez en tu vida, vas a tener que pagar la factura completa.
—Eres una desalmada... —murmuró él, con rabia resentida—. Mi mamá tenía razón sobre ti.
—Tu mamá creyó que la elegancia se compraba con vajillas importadas y que el valor de una persona dependía de su código postal —respondió Renata con voz firme y pausa calculada—. Pero en la cárcel, las vajillas no sirven de nada. Y en la vida real, el apellido Ibarra ya no vale un solo peso.
Sin esperar respuesta, Renata colgó la llamada. Inmediatamente bloqueó el número y le envió un mensaje breve a Valeria Montes: Alonso intentó contactarme. Por favor, infórmalo a la fiscalía.
Unos minutos después, el mesero se acercó a su mesa para retirar el plato vacío de la ensalada.
—¿Todo estuvo de su agrado, señorita? —preguntó con amabilidad.
Renata miró el mantel impecable, sintió el pómulo donde la marca del golpe ya había desaparecido por completo y sonrió con una luz nueva en los ojos.
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—Sí, todo estuvo perfecto —dijo ella, dejando una propina generosa sobre la mesa—. La mesa por fin está limpia.
Se levantó, ajustó su saco, y caminó hacia la noche de la Ciudad de México, caminando con la espalda recta, sabiendo que nunca más nadie volvería a patear su silla.