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Chapter 1

CAPÍTULO 1

Escuchar esas palabras salir de la boca de mi hijo de siete años me revolvió el estómago por completo. Las manos me empezaron a sudar y sentí un calor que me subía desde el pecho hasta el cuello. Miré a Mateo, acurrucado en esa esquina oscura del armario, temblando, con los ojos llenos de lágrimas. No era el miedo normal de un niño que rompió un plato o que vio una película de terror. Era un pánico profundo, un terror real que me dejó sin aire por un segundo.

“¿Qué hombre, Mateo? ¿De quién estás hablando, mijo?”, le preguntó en un susurro, tratando de mantener mi voz lo más calmada posible para no asustarlo más.

Pero Mateo solo negó con la cabeza, apretando los labios. Se tapó las orejas con sus manitas y cerró los ojos con fuerza. Estaba demasiado alterado para hablar. Me quité la chamarra del trabajo y se la puse por encima para taparlo, para que sintiera algo de calor.

“Quédate aquí adentro, campeón. No hagas ruido. Papá va a arreglar esto. Te lo prometo”, le dije.

Cerré la puerta corrediza del clóset, dejándola apenas abierta unos centímetros para que le entre aire. Cuando me puse de pie y me di la vuelta para salir de la habitación, la sangre me hervía. Las palabras de mi hijo hacían eco en mi cabeza. “El hombre que viene con ella… me da mucho miedo”.

Salí al pasillo. Mi respiración era rápida. Mi padre seguía en el suelo, apoyado contra la base de la cama, frotándose la espalda baja con una mueca de dolor que intentaba ocultar. Mi madre lloraba en silencio a su lado, sosteniéndole el brazo.

Y ahí estaba Valeria. Seguía parada en el marco de la puerta de la recámara principal, mirándome con una actitud desafiante. Ya no tenía el palo de golf en las manos, pero su postura era agresiva. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa de lado que me producía unas ganas inmensas de gritarle.

“¿Qué te dijo el escuincle? ¿Que soy una mala madre?”, dijo Valeria en tono de burla, levantando una ceja. “No me importa lo que piense. Hazte a un lado. Voy a sacarlo de ahí y nos vamos.”

Caminé hacia ella a paso rápido. Me detuve a menos de medio metro de su cara. Podía oler su aliento. Olía a menta, pero debajo de eso había un olor fuerte a alcohol, como a tequila barato, mezclado con tabaco. Valeria nunca fumaba.

“¿Con quién veniste, Valeria?”, le preguntó, bajando la voz para que sonara más amenazante. “¿Quién más está en mi casa?”

Valeria soltó una carcajada seca, sin una gota de gracia. Echó la cabeza hacia atrás.

“Tu casa… por favor. Este departamento lo pagamos los dos, aunque te la pases diciendo que tú eres el que se mata trabajando en esa tienducha de zapatos”, me contestó, esquivando mi pregunta. “Y no te importa con quién vine. Solo vine por lo que es mío.”

“Mateo no es un objeto, Valeria. Y no te lo vas a llevar. Mucho menos después de lo que le acabas de hacer a mis padres. ¡Estás mal de la cabeza!”, le grité, señalando a los dos ancianos en el suelo.

En ese momento, escuche un ruido.

Venía de la cocina. Era el sonido de la puerta del refrigerador abriéndose y cerrándose de golpe. Seguido de eso, el sonido metálico de una lata de cerveza destapándose.

Alguien más estaba en mi departamento. Alguien se sintió con la confianza suficiente para entrar a mi cocina, abrir mi refrigerador y tomarse una cerveza mientras mi esposa golpeaba a mis padres.

Sentí que el piso se movía debajo de mí. Miré y Valeria. Su sonrisa se hizo más grande, una sonrisa que me dio asco.

“Te dije que no vengo sola”, susurró ella. “Y créeme, no quieres hacer un escándalo”.

Pasé por un lado de ella, dándole un empujón con el hombro para quitarla del camino. Caminé por el pasillo de regreso a la sala, sintiendo que cada paso pesaba cien kilos. La luz de la tarde ya casi se había ido por completo, dejando el departamento en penumbras.

Llegué a la sala y miré hacia la barra de la cocina.

Había un tipo recargado en la barra de granito. Era un hombre alto, bastante corpulento, de unos cuarenta años. Llevaba una playera negra ajustada que dejaba ver unos tatuajes horribles en el cuello y en los brazos. Tenía el pelo corto, casi una violación, y una cicatriz vieja que le cruzaba la ceja derecha. Estaba tomando un trago largo de una de mis cervezas, mirando hacia la sala con una tranquilidad que me enfermó.

“Buenas tardes”, dijo el tipo, limpiando la boca con el dorso de la mano. Su voz era ronca, rasposa. Tenía un acento norteño muy marcado. “¿Eres el famoso esposo?”

Me quedé quieto, con los puños apretados a los costados. Mi mente trataba de procesar quién era este sujeto y qué demonios hacía en mi casa.

“¿Quién eres tú y qué haces en mi departamento?”, le preguntó, manteniendo la voz firme, aunque por dentro estaba muy nervioso.

El hombre soltó una risita baja. Dejó la lata de cerveza sobre la barra de la cocina y caminó lentamente hacia la sala. Sus botas de cuero pesado resonaban en el piso de madera. Se detuvo a unos pasos de mí, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones de mezclilla.

“Soy un amigo de Valeria”, contestó, mirándome de arriba abajo, como si me estuviera evaluando, como si yo fuera poca cosa. “Me llamo Héctor. Y vine a ayudarla a recoger a su hijo”.

Escuchar a ese extraño hablar de Mateo con tanta naturalidad hizo que la sangre me subiera a la cabeza.

“Aquí no hay nada que recoger. Y ustedes dos se van a largar de mi casa en este instante antes de que llame a la policía”, le advertí, sacando mi celular de la bolsa del pantalón.

Antes de que pudiera desbloquear la pantalla, Valeria apareció en el pasillo. Caminó rápido hasta ponerse al lado de Héctor. Le puso una mano en el brazo. La forma en que lo tocó, la familiaridad de ese gesto, me pegó como una patada en el estómago.

“No vas a llamar a nadie”, dijo Valeria, mirándome con un odio que nunca le había visto. “Si llamas a la policía, Héctor se va a enojar. Y no quieres que Héctor se enoje, te lo aseguro.”

“Me importa un carajo si se enoja”, le grité. “¡Entraste a mi casa, golpeaste a mi padre con un palo de golf! ¡Hay sangre en la camisa de mi papá, Valeria! ¡Te volviste loca!”

Héctor suspiró, sacudiendo la cabeza con lentitud, como si estuviera lidiando con un niño berrinchudo.

“Mira, compadre…”, empezó a decir Héctor, dando un paso más hacia mí. Su tono era tranquilo, pero sus ojos oscuros no tenían ni una pizca de amabilidad. “Vamos a hacer esto por las buenas. Valeria y yo nos vamos a llevar al chamaco. Ella ya me contó todo. Me dijo que tú no la dejas verlo, que los viejos esos la tratan mal. Solo venimos por el niño y unas cosas de ella. Entrégalo y nos vamos tranquilos. Sin hacer ruido.”

“¡Yo no le impido verlo!”, grité, sintiendo la desesperación en la garganta. “¡Ella se fue hace tres semanas! ¡Vació la cuenta de ahorros y desapareció! ¡Me dejó solo con Mateo y con mis padres! Y ahora vienes, te metes a mi casa con este delincuente y quieres llevarte a mi hijo… ¡Sobre mi cadáver!”

Héctor dejó de sonreír. Sacó la mano derecha del bolsillo muy despacio. Mi cuerpo se tensó por completo, preparándose para lo peor. Vi que llevaba anillos gruesos de metal en casi todos los dedos.

“No me hables así, cabrón”, dijo Héctor. Su voz bajó de tono, volviéndose amenazante. “No te estoy preguntando. Te estoy avisando. Trae al niño.”

“¡Ni madres!”, le contesté, dando un paso al frente para bloquearle el paso hacia el pasillo.

De repente, escuché un ruido a mis espaldas. Me giré rápido.

Era mi padre. Don Arturo venía caminando por el pasillo, apoyándose en la pared con una mano y agarrándose el costado con la otra. Caminaba muy lento, arrastrando los pies, pero su rostro estaba lleno de determinación. Mi madre venía detrás de él, llorando, pidiéndole que se regresara a la cama.

“¡Arturo, por favor, te va a hacer daño!”, suplicaba mi madre, agarrándole la camisa.

“No me voy a quedar escondido mientras estos infelices amenazan a mi hijo”, dijo mi padre, con la voz temblorosa pero firme. Llegó hasta donde yo estaba y se paró a mi lado, enfrentando a Héctor y a Valeria.

“Váyanse de aquí”, dijo mi viejo, señalando la puerta principal con su dedo chueco por la artritis. “Son una basura. Los dos. No se van a llevar a mi nieto.”

Valeria lo miró con asco. “Cállese, viejo metiche. Por su culpa y la de su esposa inútil, mi matrimonio se fue al caño.”

Héctor soltó una carcajada burlona. Miró a mi padre de arriba abajo.

“Órale, el abuelo salió valiente”, dijo el tipo, frotándose la barbilla. “Señor, váyase a dormir. No se meta en asuntos de grandes. Ya le dieron su calentadita hoy, no busque otra.”

“No te tengo miedo, pelado”, le contestó mi papá, poniéndose más derecho a pesar del dolor evidente que sentía.

Esa fue la gota que derramó el vaso para Héctor. Su rostro cambió. La tranquilidad fingida desapareció por completo y vi la violencia cruda en sus ojos.

Dio dos pasos rápidos hacia nosotros. Yo me puse de inmediato frente a mi padre, levantando los brazos para empujar a Héctor.

Pero el tipo era mucho más rápido y pesado de lo que parecía. Antes de que mis manos tocaran su pecho, Héctor me soltó un manotazo tremendo en el cuello. El golpe fue seco, duro como una piedra. Sentí que me faltaba el aire al instante. Tropecé hacia atrás, chocando contra el mueble de la televisión.

“¡No lo toques!”, gritó mi madre desde el pasillo.

Mi padre, al verme caer contra el mueble, intentó golpear a Héctor. Levantó su puño viejo y arrugado, pero Héctor ni siquiera se inmutó. Solo levantó un brazo y empujó a mi padre por los hombros con fuerza.

Don Arturo perdió el equilibrio. Sus piernas débiles no aguantaron el empujón. Cayó hacia atrás, golpeándose fuertemente contra la pared del pasillo y resbalando hasta quedar sentado en el piso, soltando un quejido horrible que me desgarró el alma.

“¡Papá!”, grité, recuperando el aire y el equilibrio.

Me lancé sobre Héctor. La rabia me cegó. Ya no pensé en que él era más grande o que podía estar armado. Le tiré un puñetazo directo a la cara, apuntando a su nariz. Mi puño conectó, pero no con la fuerza suficiente. Héctor giró la cabeza en el último segundo y el golpe le dio en el pómulo.

Él gruñó, sorprendido de que yo hubiera atacado. Me agarró de la camisa con una mano gigante, apretando la tela alrededor de mi cuello. Me levantó ligeramente del piso. Olí su sudor y el tabaco rancio.

“Estás cometiendo un error muy pendejo”, me escupió en la cara.

Levantó su otra mano, la que tenía los anillos de metal, y la cerró en un puño. Vi el movimiento en cámara lenta. Intenté zafarme, pero su agarre era como el de una tenaza de acero.

Justo cuando el puño de Héctor venía hacia mi cara, escuché un ruido tremendo.

¡CRASH!

El sonido de cristales rompiéndose llenó la sala. Héctor se detuvo en seco, volteando sorprendido hacia la ventana. Yo también miré.

Alguien había aventado un cenicero de cristal pesado contra el ventanal de la sala, rompiendo uno de los paneles. Los pedazos de vidrio cayeron al piso de la calle, allá abajo en el cuarto piso.

Los dos volteamos hacia el pasillo.

Ahí estaba Mateo. Mi niño de siete años.

Había salido del clóset. Estaba parado a mitad del pasillo, temblando de pies a cabeza. Estaba pálido, respirando muy rápido. En sus manos pequeñas tenía otro adorno de la casa, una estatuilla de madera que estaba en el pasillo, levantada por encima de su cabeza, listo para aventarla también.

“¡Dejen a mi papá!”, gritó Mateo. Su voz era aguda, desesperada, llena de un valor que me hizo querer llorar ahí mismo.

Valeria, al ver al niño, cambió su expresión al instante. Pasó de la agresividad a poner una cara de ternura falsa que me revolvió el estómago aún más.

“¡Mateo! Mi amor, ven con mamá”, dijo ella, dando un paso hacia el pasillo, extendiendo los brazos.

Mateo dio un paso hacia atrás, alejándose de ella. Apretó la estatuilla de madera con más fuerza.

“¡No!”, le gritó el niño a su propia madre. “¡Eres mala! ¡Le pegaste a mi abuelito! ¡Vete!”

Valeria se detuvo. Su rostro se descompuso. La ira volvió a aparecer en sus ojos, pero esta vez dirigida a nuestro propio hijo.

“No me hables así, soy tu madre”, le contestó ella, alzando la voz. “Ven para acá ahora mismo.”

Héctor, aprovechando la distracción, me empujó con fuerza hacia un lado. Caí al suelo, golpeándome la rodilla contra la mesa de centro. El tipo se acomodó la camisa y caminó hacia el pasillo, pasando por al lado de Valeria.

“A ver, chamaco”, dijo Héctor, con esa voz ronca. “No le hagas el cuento largo a tu mamá. Suelta eso y vámonos.”

Héctor empezó a caminar hacia Mateo. El pasillo era estrecho. Mi padre seguía en el suelo, tratando de levantarse, y mi madre estaba bloqueada por Héctor.

Mateo se quedó quieto, paralizado por el miedo al ver a ese hombre enorme caminando hacia él en la oscuridad del pasillo.

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Me levanté del suelo lo más rápido que pude, ignorando el dolor en la rodilla. Sabía que no podía dejar que ese tipo tocara a mi hijo. Tenía que detenerlo a como diera lugar, pero la distancia entre Héctor y Mateo se estaba cerrando rápidamente.

Corrí hacia el pasillo, sintiendo que el corazón se me iba a salir por la boca. La situación había pasado de ser una discusión horrible a convertirse en una pesadilla que estaba a punto de volverse mucho más oscura, y yo estaba a segundos de descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar Valeria para salirse con la suya.

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