Chapter 2

CAPÍTULO 2

El pasillo de mi propio departamento se había convertido en un callejón sin salida, un espacio asfixiante donde el aire pesaba como el plomo y cada segundo se estiraba de una forma dolorosa. Ver a ese hombre, a Héctor, dar un paso hacia mi hijo con esa total impunidad, con esa seguridad de quien se sabe inmune a las reglas y al dolor ajeno, encendió algo dentro de mí que nunca antes había sentido. Ya no era solo enojo, ya no era la frustración de un esposo traicionado o el dolor de un hijo que ve a sus padres ancianos sangrar en el suelo. Era el instinto más puro, primitivo y violento de un padre que ve a su cría en peligro inminente.
Ignoré el dolor agudo que me cruzaba la rodilla derecha tras haber chocado contra la mesa de centro. Me impulsé con el pie izquierdo, resbalando un poco en el suelo de madera, y me lancé hacia el pasillo. No pensé en estrategias, no pensé en si el tipo tenía un arma escondida bajo esa playera negra ajustada, ni me importaron los anillos de metal con los que casi me rompe la mandíbula hace unos instantes. Solo vi su espalda ancha, sus hombros tatuados interponiéndose entre la luz de la sala y la figura pequeña, pálida y temblorosa de Mateo.
“¡Aléjate de él, infeliz!”, rugí, y mi propia voz me sonó extraña, como el grito de un animal herido.
Antes de que Héctor pudiera estirar la mano para arrebatarle a Mateo la estatuilla de madera que el niño sostenía como un escudo diminuto, llegué hasta él. Lo tomé por la nuca con la mano izquierda, enterrando mis dedos con toda la fuerza que me quedaba, y con la derecha lo agarré del cinturón. Usé todo el peso de mi cuerpo, todos mis setenta y cinco kilos impulsados por la adrenalina, para jalarlo hacia atrás, intentando sacarlo del pasillo estrecho y regresarlo a la sala, donde tuviera más espacio para pelear o donde, al menos, no pudiera alcanzar a mi hijo.
Héctor no se esperaba ese ataque por la espalda. Soltó un gruñido rancio, un insulto ahogado entre dientes, y perdió el equilibrio por una fracción de segundo. Sus botas pesadas de cuero derraparon en el suelo, y ambos fuimos a dar contra la pared del pasillo, rompiendo un cuadro pequeño con una foto familiar antigua que cayó al suelo, esparciendo vidrios rotos alrededor de los pies de mi padre. El impacto contra el muro me sacó el aire, pero no solté mi agarre. Sabía perfectamente que si lo soltaba, si le daba espacio para voltearse y usar sus puños otra vez, estaba acabado.
“¡Corre, Mateo! ¡Vete a la cocina, sal del departamento, pide ayuda!”, alcancé a gritarle a mi hijo mientras intentaba rodear el cuello de Héctor con mi brazo, buscando asfixiarlo, buscando apagar esa fuerza bruta que me superaba por completo.
Pero Mateo estaba en shock. El niño no se movió hacia adelante ni hacia atrás. Se quedó pegado a la pared del fondo del pasillo, con los ojos desorbitados, mirando la escena con las manos pegadas a los costados, dejando caer la estatuilla de madera que rodó por el piso con un sonido sordo. Su pequeña silueta, iluminada apenas por la luz fría que venía de la calle a través del ventanal roto de la sala, temblaba de una manera que me partía el alma. Estaba presenciando cómo su mundo, el lugar donde se suponía que debía estar más seguro, se caía a pedazos en un charco de sangre y violencia.
“¡Suéltame, cabrón!”, bramó Héctor, y su voz retumbó en las paredes del pasillo.
El tipo era fuerte, mucho más de lo que imaginé en un principio. Parecía hecho de piedra. Se enderezó a pesar de que yo estaba colgado de su espalda y, con un movimiento brusco e inteligente, se pegó con fuerza contra la pared contraria, aplastándome entre el muro y su enorme cuerpo. El golpe me dio seco en las costillas. Sentí un dolor punzante, como si algo se hubiera roto dentro de mi pecho, y mis dedos perdieron fuerza de inmediato. El aire se me escapó en un suspiro ahogado y mis ojos se llenaron de lágrimas involuntarias por el dolor.
Aprovechando mi debilidad, Héctor me agarró del brazo que tenía alrededor de su cuello, me giró con una facilidad pasmosa y me aventó hacia el frente, hacia la sala. Salí despedido por el pasillo y caí de bruces sobre la alfombra vieja de Linh Nguyễn Shop que tenía junto al sillón. El impacto me dolió hasta el último hueso. Intenté levantarme de inmediato, apoyando las palmas de las manos en el piso, pero la cabeza me daba vueltas y un hilo de sangre tibia empezó a escurrirme por la ceja izquierda, nublándome la vista.
Desde el suelo, con la visión borrosa y el pecho ardiendo, vi cómo Valeria se acercaba a mí. No tenía una sola gota de preocupación en el rostro. Al contrario, caminaba con pasos lentos, seguros, como si estuviera disfrutando de cada segundo de mi humillación. Se detuvo justo frente a mí, obligándome a mirar sus zapatos, un par de sandalias que ella misma había tomado del inventario de mi tienda hace meses, las mismas que yo había empacado con tanto esmero pensando en que le gustarían. Qué ironía tan maldita.
“Mírate nada más”, me dijo Valeria, bajando la mirada hacia mí con una frialdad que me congeló los pensamientos. Su rostro enojado ya no era el de la mujer con la que compartí mi cama, mis sueños y mis deudas durante una década. Era el rostro de una desconocida que me odiaba con una intensidad que yo no lograba comprender. “¿De verdad pensaste que podías ganarle a Héctor? Eres un mediocre. Un simple vendedor de zapatos que se cree mucho porque tiene un departamento viejo en la capital. Dales el niño y ahórrate más golpes.”
“¿Por qué… Valeria? ¿Por qué estás haciendo esto?”, alcancé a articular, escupiendo un poco de sangre que se me había acumulado en la boca. “Mis papás… tu hijo… ¿qué te pasó?”
Valeria soltó una risa seca, un sonido agudo que se mezcló con los quejidos apagados de mi madre en el pasillo.
“Lo que me pasó es que me cansé de ti, de tu tacañería, de tener que aguantar a tus padres viejos que ya ni al baño pueden ir solos”, me espetó, agachándose un poco para quedar más cerca de mi rostro, aunque sin tocarme, como si le diera asco. “Me cansé de esta vida de flojera. Héctor me ofrece algo mejor. Nos vamos a ir al norte, a Tijuana, y Mateo se viene con nosotros. A él no le va a faltar nada, Héctor tiene dinero de verdad, no las migajas que tú sacas de tu tiendita.”
Escuchar el nombre de esa ciudad fronteriza y pensar en lo que Mateo podría vivir al lado de un sujeto como Héctor me dio una nueva descarga de energía. No podía permitirlo. Si se llevaban a mi hijo a la frontera con un hombre que claramente estaba metido en cosas turbias, nunca más lo volvería a ver. El sistema judicial en México es lento, inútil en muchos casos, y para cuando la policía moviera un dedo, mi hijo ya habría desaparecido en el norte o cruzaría la frontera. Tenía que levantarme. Tenía que pelear.
Mientras intentaba ponerme de rodillas de nuevo, apoyándome en el sillón, miré hacia el pasillo. La situación ahí dentro se estaba volviendo aún más desesperada. Mi padre, Don Arturo, con sus 88 años a cuestas y la espalda destrozada por el golpe del palo de golf, estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano. Se había logrado incorporar un poco, quedando de rodillas, y con sus manos temblorosas y deformadas por la artritis, había agarrado la pierna del pantalón de mezclilla de Héctor, intentando frenar su avance hacia Mateo.
“Déjalo… infeliz… no te lleves a mi nieto…”, decía mi viejo con un hilo de voz, con los ojos entrecerrados por el sufrimiento, pero con una dignidad que hacía que el enorme cuerpo de Héctor pareciera una basura a su lado.
Héctor miró hacia abajo, hacia el anciano que le sujetaba el pantalón. Su rostro se descompuso en una mueca de fastidio absoluto. No mostró ni un segundo de piedad, ni una pizca de respeto por los años de ese hombre que solo intentaba proteger a su sangre.
“Ya me cansaste, viejo estorbo”, dijo Héctor con frialdad.
Con un movimiento violento, Héctor levantó la pierna derecha y le dio una patada directa al pecho a mi padre. El impacto fue seco, un golpe brutal que empujó el cuerpo frágil de mi viejo hacia atrás. Mi padre chocó de nuevo contra el muro y luego se desplomó de lado en el suelo del pasillo, quedando completamente inmóvil. Sus ojos se cerraron y su respiración, que antes era ruidosa y agitada, se volvió casi imperceptible.
“¡ARTURO! ¡NO, POR DIOS, ARTURO!”, el grito de mi madre desgarró el silencio del departamento. Se arrojó sobre el cuerpo de su esposo, llorando a gritos, moviéndole los hombros con desesperación. “¡Despierta, viejo! ¡Por favor, no me dejes sola! ¡Mijo, tu papá no reacciona!”
Al ver a su abuelo caer de esa manera, el miedo de Mateo se transformó en un llanto desgarrador. El niño soltó un grito agudo, un lamento que me caló hasta los huesos, y se tapó la cara con las manos, hundiéndose en la esquina del pasillo. Héctor, sin importarle el dolor de la anciana o el llanto del niño, dio los dos pasos que le faltaban, se agachó y agarró a Mateo del brazo izquierdo, jalándolo hacia arriba con brusquedad.
“¡Suéltame! ¡Papá! ¡Ayúdame, papá! ¡No me quiero ir con ellos!”, gritaba Mateo, pataleando en el aire, intentando zafarse del agarre de acero de ese hombre.
“¡Ya cállate, chamaco miado!”, le gritó Héctor, dándole un sacudón que por poco le disloca el hombro al niño. Lo cargó bajo el brazo como si fuera un bulto de mercancía, ignorando los golpes débiles que Mateo le daba en la espalda.
Valeria, al ver que Héctor ya tenía al niño, sonrió con satisfacción. Se giró hacia mí, dándome una última mirada llena de desprecio.
“Vámonos, Héctor. Ya tenemos lo que venimos a buscar. Deja a este muerto de hambre aquí con sus viejos”, dijo ella, caminando hacia la puerta principal del departamento.
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Yo estaba en el suelo de la sala, con la rodilla inflamada, las costillas rotas y la ceja sangrando. Ver cómo se llevaban a mi hijo, escuchar sus gritos de auxilio debilitándose a medida que Héctor caminaba hacia la salida, me provocó una sensación de impotencia que casi me vuelve loco. No podía quedarme ahí. Si moría hoy, moriría peleando por mi hijo. No iba a ser el hombre que se quedó tirado en la alfombra mientras le robaban la vida entera.
Me apoyé con todas mis fuerzas en el mueble de la televisión, tirando al suelo unos portarretratos y unas revistas en el proceso. Me puse de pie, aunque el dolor en las costillas me hizo ver estrellas y tuve que encorvarme para poder respirar. Caminé cojeando, arrastrando la pierna derecha, hacia la entrada del departamento. Cada paso era una tortura, sentía que los pulmones se me llenaban de líquido y que me iba a desmayar en cualquier momento, pero la imagen de Mateo llorando me empujaba hacia adelante.