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Chapter 3

CAPÍTULO 3


Héctor ya estaba abriendo la puerta de madera del departamento, sosteniendo a Mateo con un brazo mientras el niño seguía luchando por soltarse. Valeria ya había salido al pasillo del edificio, apurada, mirando hacia los lados para asegurarse de que ningún vecino saliera a ver qué pasaba tras el ruido del ventanal roto.

“¡Déjalo…!”, logré gritar, aunque mi voz salió débil, rasposa, sin la fuerza de antes. Llegué hasta la entrada y estiré la mano, logrando agarrar la playera negra de Héctor justo antes de que cruzara el umbral.

Héctor se detuvo. No se tomó la molestia de soltar a Mateo. Simplemente se giró a medias, miró mi mano agarrada a su ropa y luego me miró a los ojos. Había una frialdad asesina en su mirada, la mirada de alguien que ya había hecho esto muchas veces, alguien que no tenía límites.

“De verdad eres terco, compadre”, dijo Héctor en voz baja, con ese acento norteño que ahora me sonaba a pura muerte. “Te dije que no me hicieras enojar.”

Antes de que pudiera reaccionar, Héctor soltó un rodillazo directo a mi estómago. El golpe me dobló por completo. Solté su playera y caí de rodillas en el umbral de la puerta, agarrándome el abdomen, vomitando un hilo de bilis y sangre sobre el piso. El dolor fue tan intenso que la vista se me puso completamente negra por unos segundos. Escuché el eco de los gritos de Mateo desvaneciéndose en el pasillo del edificio, seguidos por el sonido de las escaleras de servicio abriéndose y cerrándose con un golpe metálico.

Se habían ido. Se habían llevado a mi hijo.

Me quedé tirado en la entrada de mi casa, solo, derrotado, escuchando únicamente los sollozos desgarradores de mi madre que seguían viniendo desde el fondo del pasillo, donde mi padre yacía inmóvil en el suelo. El silencio que siguió después de que se cerrara la puerta del edificio fue el sonido más aterrador que había escuchado en toda mi vida. Mi negocio, mi dinero, mi esfuerzo de tantos años… nada de eso importaba ahora. Todo se había reducido a un charco de sangre en mi propia sala y al eco del llanto de mi hijo pidiéndome que lo salvara.

Me arrastré como pude hacia el pasillo, usando los codos porque las piernas ya no me respondían bien. Tenía que ver cómo estaba mi padre, tenía que ayudar a mi madre. Llegué hasta la recámara. Mi mamá estaba de rodillas, con la cabeza apoyada en el pecho de mi papá, su playera blanca estaba manchada de un rojo espeso que se extendía rápidamente. Mi viejo no se movía. Tenía los ojos cerrados, la piel de un tono grisáceo y los labios partidos.

“Mijo… tu papá no respira bien… se está yendo, mijo…”, lloraba mi mamá, con las manos llenas de la sangre de su compañero de toda la vida.

Saqué mi celular de la bolsa del pantalón con los dedos temblorosos, manchando la pantalla de rojo. Marqué el número de emergencias con dificultad, sintiendo que los ojos se me cerraban por la pérdida de sangre y el cansancio extremo. El teléfono empezó a sonar, cada tono de espera parecía durar una eternidad. Mientras esperaba que alguien contestara, miré hacia la ventana rota de la sala. El viento frío de la noche de la Ciudad de México empezaba a entrar, moviendo las cortinas de manera fantasmal, trayendo el ruido del tráfico lejano, un mundo exterior que seguía girando como si nada hubiera pasado.

La pesadilla apenas estaba comenzando. Tenía a mi padre al borde de la muerte en el suelo, a mi madre destrozada psicológicamente, y a mi hijo de siete años en manos de una mujer desquiciada y un delincuente que se lo llevaban hacia el norte del país. Sabía que la policía tardaría horas en actuar, si es que hacían algo. Si quería volver a ver a Mateo, si quería que se hiciera justicia por lo que le habían hecho a mis viejos, no podía confiar en nadie más. Tendría que buscarlos yo mismo, aunque eso significara bajar al mismo infierno que Héctor y Valeria habían traído a mi puerta.

La operadora del 911 contestó finalmente, su voz profesional y distante contrastaba con el horror de mi realidad.

“911, ¿cuál es su emergencia?”, escuché a través de la bocina.

Miré el cuerpo inmóvil de mi padre, la mirada desesperada de mi madre y las gotas de sangre que marcaban el camino por donde se habían llevado a mi hijo. Tomé aire, ignorando el dolor agudo en mis costillas, y hablé con una voz que ya no reconocía como la mía, una voz fría, vacía de miedo, llena únicamente de una promesa de venganza que me sostendría hasta el final.

El dolor de las costillas y el ardor en la ceja pasaron a un segundo plano absoluto cuando escuché la voz de esa operadora. El 911 se sentía lejano, como si estuviera hablando con alguien en otro planeta mientras yo me ahogaba en mi propio infierno. Le di la dirección exacta del departamento en la Ciudad de México, repitiendo el número interior y la calle tres veces porque la voz se me cortaba por la falta de aire. Le dije que había dos personas de la tercera edad gravemente heridas por un asalto violento y que se habían llevado a mi hijo de siete años. Colgué sin esperar a que me diera más instrucciones. No tenía tiempo que perder.

Me arrastré de regreso al pasillo donde mi madre seguía llorando sobre el pecho de mi padre. Don Arturo tenía los ojos cerrados, pero al acercarme escuché un silbido débil saliendo de su boca. Seguía respirando. Estaba vivo, pero su pulso se sentía muy rápido y débil bajo mis dedos manchados de sangre.

“Mamá, la ambulancia ya viene en camino. Tienes que quedarte con él y presionarle la herida de la espalda con una toalla limpia. No lo muevas, por favor”, le dije, intentando transmitirle una seguridad que yo no tenía.

“¿A dónde vas, mijo? Mírate, estás deshecho, no puedes ni pararte bien”, me suplicó mi madre, agarrándome de la mano con desesperación.

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“Voy por Mateo, mamá. No voy a dejar que ese tipo se lo lleve. Te juro por mi vida que voy a regresar con él”, le contesté, dándole un beso en la frente antes de ponerme de pie con un esfuerzo sobrehumano.

Caminé hacia la sala apoyándome en las paredes. El departamento parecía el escenario de una guerra. El ventanal roto dejaba entrar el aire frío de la noche, moviendo las cortinas de forma fantasmal, y los pedazos de cristal brillaban en el suelo junto a la alfombra de Linh Nguyễn Shop que tanto esfuerzo me había costado comprar para el negocio. Vi el palo de golf tirado cerca de la cocina. Lo recogí. El frío del metal en mi mano me dio una extraña sensación de realidad. Si Héctor pensaba que yo era un comerciante cobarde que se iba a quedar llorando en un rincón, estaba muy equivocado.

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