Chapter 4

CAPÍTULO 4

Bajé por las escaleras de servicio porque el elevador tardaba demasiado. Cada escalón hacia abajo era una puñalada en mis costillas, pero la adrenalina me mantenía despierto. Al llegar al estacionamiento del sótano, caminé rápido hacia mi coche. Sabía que no podía competir contra la camioneta o el vehículo en el que se transportara un tipo como Héctor en una persecución directa, pero tenía una ventaja que ellos no imaginaban.
Hace dos meses, debido a la inseguridad en las rutas de entrega de las sandalias de mi tienda, le había comprado a Mateo un reloj inteligente con localizador GPS integrado. Valeria siempre se quejaba de que eran gastos innecesarios, así que estaba seguro de que ella ni siquiera recordaba que el niño lo llevaba puesto. Con los dedos temblorosos, saqué mi celular y abrí la aplicación de rastreo. La pantalla se iluminó mostrando un mapa de la ciudad. Un pequeño punto azul parpadeaba con insistencia.
Estaban en movimiento. Ya cruzaban la zona de Indios Verdes, avanzando con rapidez hacia la salida de la autopista rumbo a Pachuca. No iban directo a Tijuana en avión; estaban escapando por carretera, probablemente para evitar los controles de seguridad de los aeropuertos donde el acta de nacimiento del niño o una alerta de sustracción los detendría de inmediato.
Encendí el motor de mi coche y salí del estacionamiento quemando llantas. El tráfico de la Ciudad de México a esa hora era pesado, pero manejé como un loco, metiéndome entre los carriles, usando el acotamiento y pasándome los semáforos en rojo. Mis ojos no se apartaban de la pantalla del celular que tenía puesta en el soporte del tablero. El punto azul se movía a gran velocidad, confirmando que Héctor iba manejando de forma agresiva para salir del Valle de México lo antes posible.
Mientras manejaba, la rabia y la decepción se transformaron en una claridad fría. Recordé cada detalle de las últimas semanas. Las llamadas misteriosas que Valeria contestaba en el baño, los días que salía supuestamente a ver a una amiga y regresaba oliendo a ese tabaco rancio que ahora sabía que le pertenecía a Héctor, y el dinero que desapareció de la cuenta del negocio. Todo había sido un plan fríamente calculado. Ella no quería simplemente divorciarse; quería destruir todo lo que yo había construido, quería quitarme a mi hijo para empezar una vida de lujos con un delincuente en la frontera, usando el dinero que yo había ganado trabajando doce horas al día en la zapatería.
El punto azul se detuvo de repente en el mapa. Estaba marcando una ubicación fija cerca de una gasolinera en la autopista México-Pachuca, ya fuera de la zona urbana principal. Al parecer se habían parado a cargar combustible o a comprar algo. Esa era mi oportunidad. Pisó el acelerador a fondo, sintiendo el motor de mi coche quejarse por la velocidad, pero no me importó. Si el motor se desbielaba, seguiría corriendo a pie.
Después de media hora de manejo frenético, divisé las luces de la gasolinera a lo lejos. Era un lugar grande, con una tienda de conveniencia abierta las veinticuatro horas y un estacionamiento oscuro al fondo para camiones de carga. Reduje la velocidad y apagué las luces de mi coche para no llamar la atención. Me estacioné detrás de un tráiler y busqué con la mirada.
Ahí estaba. Una camioneta negra, grande, con placas del estado de Baja California. Las luces traseras estaban encendidas. Me bajé del coche despacio, sosteniendo el palo de golf de hierro pegado a mi pierna. El dolor de las costillas me obligaba a caminar un poco encorvado, pero el frío de la noche me ayudaba a mantener la mente despejada.
Me acerqué por el lado del conductor de la camioneta, ocultándome en las sombras. A través de los vidrios polarizados, alcancé a ver a Valeria en el asiento del copiloto. Estaba retocándose el labial frente al espejo de vanidad, con una tranquilidad que me causó náuseas. En el asiento trasero no se veía a nadie a primera vista, pero sabía que Mateo tenía que estar ahí, probablemente obligado a mantenerse agachado en el suelo del vehículo.
Héctor no estaba en el coche. Miré hacia la tienda de conveniencia y lo vi salir por la puerta de cristal, cargando una bolsa con refrescos y comida para el viaje. Caminaba con esa misma postura arrogante, sin prisa, confiado en que nadie lo estaba siguiendo.
Sabía que si lo enfrentaba a golpes en un espacio abierto, tenía las de perder otra vez. Mi cuerpo estaba muy dañado por la golpiza en el departamento. Tenía que usar la sorpresa y la contundencia. Me escondí detrás de la esquina de la tienda de conveniencia, justo al lado del camino por donde Héctor tenía que pasar para regresar a su camioneta. Reanudé mi respiración, apretando el mango del palo de golf con ambas manos. Mis nudillos dolían, mi ceja rota volvió a sangrar, nublándome un poco el ojo izquierdo, pero no me limpié. Solo esperé.
Héctor pasó junto a mí. El olor a tabaco rancio y cerveza me confirmó su cercanía. Justo cuando me dio la espalda, salí de la sombra con toda la fuerza que me quedaba en las piernas. Levanté el hierro 7 y lo dejé caer con un golpe seco y brutal directo a la parte trasera de sus rodillas.
¡CRACK!
El sonido del metal impactando contra el hueso resonó en el estacionamiento desierto. Héctor soltó un grito gutural, un rugido de dolor puro que cortó el aire de la noche. La bolsa de la tienda voló por los aires, esparciendo las latas y los alimentos por el concreto. Sus piernas no soportaron el impacto y cayó de rodillas, doblando la espalda por el sufrimiento.
No le di tiempo de recuperarse. Antes de que pudiera meter las manos a la bolsa del pantalón para buscar un arma, le solté un segundo golpe con el palo de golf directamente en el hombro derecho, el mismo hombro con el que me había azotado contra la pared en el pasillo. El impacto lo obligó a tirarse de lado en el suelo, gimiendo de dolor, con el rostro desencajado por la sorpresa.
“Te dije… que no te metieras con mi hijo”, le dije entre dientes, parándome sobre él, respirando con dificultad, con el palo de golf levantado listo para darle un tercer golpe si intentaba moverse.
Héctor me miró desde el suelo. La arrogancia y la frialdad asesina de sus ojos habían desaparecido por completo, reemplazadas por el miedo de quien se sabe vencido. Tenía la boca abierta, intentando tomar aire, y el pómulo donde lo había golpeado en el departamento ya estaba completamente morado e inflamado.
“Espérate, compadre… espérate…”, alcanzó a decir con una voz débil, muy diferente a la voz rasposa con la que me había amenazado en mi casa.
En ese momento, la puerta de la camioneta se abrió de golpe. Valeria se bajó del vehículo, gritando histérica al ver a Héctor tirado en el suelo.
“¡¿Qué estás haciendo, animal?! ¡Déjalo!”, me gritó, corriendo hacia mí con las uñas largas listas para arañarme la cara.
Me giré hacia ella con una mirada tan fría que se detuvo en seco a dos metros de mí. El palo de golf en mi mano estaba manchado con un poco de la sangre de Héctor que se había traspasado a través de su playera.
“Cállate, Valeria. Ya se terminó”, le dije con una voz que no admitía réplicas. “Si das un paso más, te juro que no me va a importar que seas la madre de mi hijo.”
Valeria me miró, y por primera vez en toda la noche, vi el verdadero miedo en sus ojos. Se dio cuenta de que el hombre sumiso, el comerciante que siempre agachaba la cabeza para evitar discusiones, había muerto en la alfombra de ese departamento. El hombre que estaba frente a ella ahora era un padre dispuesto a todo.
La puerta trasera de la camioneta se abrió lentamente. Mateo asomó su carita pálida, con los ojos muy abiertos. Al verme ahí parado, con la ceja sangrando pero firme, su rostro cambió por completo.
“¡Papá!”, gritó el niño, bajándose de la camioneta de un salto y corriendo hacia mí.
Dejé caer el palo de golf al suelo y me agaché para recibirlo, ignorando el dolor agudo de mis costillas que pareció desaparecer cuando sus brazos pequeños se envolvieron alrededor de mi cuello. Lo abracé con una fuerza desesperada, sintiendo su llanto en mi hombro, el calor de su cuerpo que me devolví la vida que me habían arrancado hacía un par de horas.
“Ya estoy aquí, campeón. Ya pasó. Nadie te va a llevar a ningún lado”, le susurré al oído, acariciándole el cabello mientras el niño no paraba de repetir que tenía mucho miedo.
A lo lejos, el sonido de las sirenas de la policía estatal empezó a escucharse, acercándose con rapidez por la autopista. Alguien de la gasolinera debió haber escuchado los gritos y los golpes y llamó a las autoridades.
Héctor seguía en el suelo, quejándose y agarrándose la rodilla destrozada, incapaz de levantarse. Valeria se quedó parada junto a la camioneta, con las manos en la cabeza, mirando hacia la carretera donde las luces rojas y azules de las patrullas ya empezaban a iluminar el entorno oscuro. Sabía que no tenía escapatoria. En México, la agresión violenta a personas de la tercera edad y la sustracción de menores son delitos graves que se pagan con muchos años de prisión, y con el testimonio de mis padres, el de Mateo y las marcas en mi propio cuerpo, se iban a pudrir en la cárcel.
Me puse de pie lentamente, sosteniendo a Mateo de la mano. El niño no se despegaba de mi pierna, mirando con desprecio a la mujer que alguna vez llamó madre. Miré a Valeria una última vez antes de que las patrullas entraran al estacionamiento de la gasolinera, derrapando y rodeando el lugar.
“Destruiste a nuestra familia por un poco de dinero y un delincuente, Valeria. Espero que haya valido la pena, porque nunca más vas a volver a ver a mi hijo”, le dije con una tranquilidad que me sorprendió a mí mismo.
Ella no contestó. Solo se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar, un llanto de frustración y derrota, mientras los oficiales de policía se bajaban de las patrullas con las armas en la mano, ordenándoles a todos que mantuvieran las manos a la vista.
Media hora después, el paramédico de la ambulancia que acompañaba a las patrullas me estaba limpiando la herida de la ceja y poniéndome una venda ajustada alrededor del torso para proteger mis costillas rotas. Mateo estaba sentado a mi lado en la parte trasera de la ambulancia, tomando un chocolate caliente que uno de los policías le había comprado, ya mucho más tranquilo, mirándome como si yo fuera el superhéroe más grande del mundo.
Mi celular sonó en mi bolsillo. Era el número de mi madre. Contesté con el corazón en la garganta.
“¿Mijo? Habla el doctor del hospital de la Villa”, escuché una voz masculina y profesional. “Su madre me dio este número. Le informo que su padre, Don Arturo, ya ingresó a urgencias. Tiene una fractura en la costilla y varios hematomas severos, pero afortunadamente el golpe no dañó ningún órgano vital. Está estable y bajo observación. Su madre está aquí con él.”
Solté un suspiro largo, sintiendo que una lágrima de puro alivio corría por mi mejilla limpia, mezclándose con el antiséptico que el paramédico me había puesto.
“Gracias, doctor. Voy para allá con mi hijo”, contesté, colgando la llamada.
May you like
Miré a Mateo, quien me sonrió de forma débil pero sincera. Habíamos pasado por el peor día de nuestras vidas, habíamos visto la cara más oscura de la traición y la violencia dentro de nuestro propio hogar, pero estábamos juntos. Mi negocio, Linh Nguyễn Shop, tendría que esperar unos días; las sandalias y los clientes podían aguardar. Mi verdadera prioridad estaba ahí, a mi lado, y en esa habitación de hospital donde mis viejos me esperaban.
Caminamos hacia mi coche, dejando atrás las luces de las patrullas que se llevaban a Valeria y Héctor esposados en los asientos traseros. La noche en la Ciudad de México seguía siendo fría y ruidosa, pero mientras manejaba de regreso hacia el hospital, tomando la mano de mi hijo, supe que la pesadilla había terminado. Habíamos defendido nuestra sangre, habíamos sobrevivido a la tormenta, ya desde mañana, empezaríamos a reconstruir nuestra vida sobre los cimientos de la verdad, el amor real y la justicia que tanto nos había costado conseguir.